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Si hace unos días reflexionábamos sobre los riesgos y oportunidades que planteaba el webcrawler de GPT-5 en términos de privacidad y cobertura documental, hoy nos enfrentamos a una cuestión igualmente fascinante y, en cierto modo, más íntima: ¿Qué ocurre cuando la inteligencia artificial no solo accede a la información, sino que aprende a expresarse como nosotros? La noticia publicada por Forbes el pasado noviembre, donde se recoge el enfoque del Dr. Jeremy Nguyen, abre un debate que trasciende lo puramente técnico para adentrarse en la esencia misma de la autoría y la identidad en el ecosistema digital.
El Dr. Jeremy Nguyen explica cómo es posible usar ChatGPT para que escriba de forma similar o mimética a como lo haría su usuario. La clave es el entrenamiento y el aprendizaje automático. Se resalta la importancia de darle a la inteligencia artificial (IA), como ChatGPT, una voz única y personal para crear contenido valioso en Internet. Se argumenta que el contenido genérico carece de valor y que la clave para destacar es que la escritura refleje la voz del autor.
No puedo evitar ver en esta propuesta un fenómeno paralelo al que, durante siglos, ha ocupado a los estudiosos de la literatura, la retórica y la autoría: la búsqueda de la voz propia. Pero mientras que en el ámbito humano esa voz es el resultado de un proceso orgánico de aprendizaje, experiencia y estilo, aquí nos encontramos con que esa voz puede ser “destilada”, parametrizada y, en última instancia, replicada por un modelo de lenguaje.
Nguyen propone un enfoque en cuatro pasos para lograr que la IA escriba en tu estilo: 1) Destilar tu voz única mediante el análisis de tu escritura, 2) Solicitar a ChatGPT que escriba en tu voz, 3) Destilar tus puntos de vista únicos para incorporarlos en el contenido, y 4) Compartir tus experiencias personales relevantes con la IA. Se sugiere que el entrenamiento se produzca con una conversación ficticia inspirada en las ideas de los escritores prominentes en el tema u objeto del diálogo, y transmitir las historias personales y experiencias en la materia. Esta información se utiliza para que la IA pueda adoptar el estilo, perspectiva y experiencia combinados en la redacción.
Desde una perspectiva técnica, este proceso supone un avance notable en la personalización de los modelos de lenguaje. Pero desde la óptica de la Ciencias de la Documentación y la ética de la información, plantea tres cuestiones fundamentales que merecen una reflexión pausada:
- La ilusión de la autoría. Cuando un sistema es capaz de emular nuestra voz, nuestros puntos de vista e incluso nuestras experiencias personales, ¿Dónde queda la autenticidad del mensaje? El propio Nguyen sostiene que la IA puede hacer la escritura “más auténtica y personal”. Sin embargo, conviene recordar que la autenticidad no es solo una cuestión de forma, sino de intencionalidad y responsabilidad. Un texto generado por IA, por muy bien que imite nuestro estilo, carece de la intencionalidad comunicativa que caracteriza a un autor humano. En el ámbito académico y profesional, esto abre la puerta a dilemas sobre la atribución, la originalidad y la integridad intelectual.
- La propiedad de la voz. Si mi “voz única” puede ser destilada en un prompt y utilizada para generar contenido masivo, ¿sigo siendo propietario de mi identidad expresiva? En el mundo de la documentación digital, ya enfrentamos desafíos con la gestión de derechos de autor y la atribución de fuentes. La posibilidad de clonar estilos de escritura añade una nueva capa de complejidad. No es descabellado pensar que, en un futuro cercano, necesitemos desarrollar estándares de “metadatos de autoría” que certifiquen si un texto ha sido generado por un humano, asistido por IA, o producido íntegramente por un modelo entrenado con nuestra voz.
- El sesgo de la experiencia. El cuarto paso del método de Nguyen consiste en compartir con la IA experiencias personales relevantes. Aquí surge una cuestión epistemológica de primer orden: ¿puede una máquina, por muy bien entrenada que esté, “comprender” la experiencia humana de forma que pueda canalizarla con sentido? Mi experiencia como docente me lleva a pensar que no. La IA puede procesar relatos de experiencias y generar textos que los referencien, pero la vivencia, el contexto emocional y la sabiduría práctica que de ella se derivan permanecen en el ámbito de lo humano.
En conclusión, nos encontramos ante una herramienta de enorme potencial para creadores de contenido, profesionales y comunicadores. La posibilidad de entrenar a ChatGPT para que escriba con nuestra voz puede ser un valioso aliado para superar el bloqueo creativo o para escalar la producción editorial. Sin embargo, como profesor e investigador en Tecnologías de la Información, me siento obligado a recordar que la tecnología debe estar al servicio de la persona, no al revés. La “voz única” que tanto valoramos en Internet no es solo una cuestión de estilo sintáctico o léxico; es el reflejo de una trayectoria vital, un criterio formado y una ética personal. Que una IA pueda imitarla es un prodigio técnico. Que nosotros sepamos preservar la diferencia entre la imitación y la creación genuina es un desafío humano.